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“AMARGA NAVIDAD” (España, 2026), de Pedro Almodóvar

  • salva-robles
  • hace 4 horas
  • 3 Min. de lectura

 

¿Es esta una película catártica? ¿O una película que facilita el insight (comprensión) de conflictos internos mientras hace consciente lo inconsciente? ¿Funciona aquí Almodóvar de alter ego de Freud que busca comprender las batallas internas, heridas y ambiciones inconscientes que moldean la personalidad de él como artista adulto? Lo que sí tengo claro es que aquí, más que nunca, el director manchego se autoinmola en plan suicidio simbólico/profesional, un suicidio metafórico que muy pocos van a querer entender y lo que más me gusta de ello es que le importa un bledo que no le entiendan o no quieran ni siquiera intentarlo. Él es un artista libre y hace la película que le da la gana. Y es la libertad de este creador la que a mí me acaba emocionando cuando llegan los títulos de crédito finales y me percibo con los vellos de punta y absolutamente retribuido por tener la suerte de haberme enamorado de su cine sin condiciones y para siempre, me gusten más o menos sus películas. Y esta “AMARGA NAVIDAD” me gusta mucho, pero no más que “DOLOR Y GLORIA” o “LA HABITACIÓN DE AL LADO”.

¿Y qué película ha hecho? Una película anidamiento (hay dos películas dentro de una, además de la propia película que tiene en su cabeza el director real, que sería una tercera y cuyo guion ha llevado a cabo rodándola y estrenándola en los cines y que yo acabo de ver pagando mi entrada religiosamente) con diferentes capas que juega desde el principio a proponer, como hacen las matrioskas, un encaje que terminará ensamblándolo todo en uno de los finales más redondos de su filmografía. O lo que es lo mismo, “AMARGA NAVIDAD” (que forma un perfecto díctico, aunque muy diferente en intenciones, con la maravillosa “DOLOR Y GLORIA”) es un relato enmarcado, una mise en abyme como profundo espejo reflejado que aparece como bucle infinito en ese desdoblamiento interno que poco a poco vamos descubriendo los espectadores. No, no es un galimatías esto que digo: la película se contempla con facilidad y es en tu cabeza donde estalla la experiencia compleja que estás descubriendo. Y acaba siendo una película muy consciente de su artificiosidad que necesita de ese artificio para hablar de dos grandes temas que plantean numerosos dilemas morales: ¿es ético utilizar sin permiso -incluso con permiso- el dolor de los que te rodean para crear tu propia obra artística? ¿Se debe traicionar el impulso artístico por los compromisos éticos que se tienen con la vida? O tanto monta, monta tanto. No es moco de pavo lo que se plantea aquí dentro, porque qué es una obra de arte: desde luego, está claro que es algo inseparable de la humanidad del creador. Y Almodóvar se arroja por un precipicio de autocrueldades varias y le sale una de sus películas más complejas, más autoconscientes, más antialmodovarianas sin dejar de ser nunca, oh paradoja, él mismo. Almodóvar se radicaliza a la hora de plantear dilemas incómodos en su cine. “AMARGA NAVIDAD” parece (y lo es), además, un viaje en busca de su propia identidad como cineasta. Y aquí no vacila nunca en autorreferenciarse (algo, por otro lado, intrínseco en su cine) para hacer una disección de sí mismo como cineasta y al que no duda en ponerlo en duda (qué maravilloso final, insisto, en el que esto sucede). Y mientras esto acontece, la pantalla nos regala un auténtico canto de amor al cine. Un cine al que el manchego se agarra como experiencia creativa, sí, pero también como necesidad respiratoria: Almodóvar nos está gritando que sin el cine él no tendría razón de ser.

No hace falta hablar ni del elenco (aquí dentro todo el mundo está maravilloso, con dos soberbias Bárbara Lennie y Aitana Sánchez-Gijón), ni de la puesta en escena, ni de la estratosférica banda sonora de Alberto Iglesias, ni de la fotografía o los colores: los que conocemos el cine de Pedro Almodóvar ya sabemos que todo ello siempre está a gran altura porque el cine de este director, persistentemente, existe repleto de pretensiones muy logradas. Pero esta vez nos quedamos con otra cosa y esa cosa es lo imperfectamente perfecta que es su construcción narrativa: un prodigio en eso de jugar a ser un extraordinario juego metacinematográfico (que le ha salido infinitamente mejor que en “LOS ABRAZOS ROTOS” o en “LA MALA EDUCACIÓN”).

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