“ANA NO”, de Agustín Gómez Arcos
- salva-robles
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“ANA NO”, de Agustín Gómez Arcos
AÑO: 1977
PÁGINAS: 288
GÉNERO: novela
Hay ciertas tristezas que son insoportables. Aprendí en terapia que la tristeza debe considerarse como un aliado que te trae un mensaje y que no es un enemigo a destruir. Vale, terapeuta, lo aprendí, pero no me convenciste del todo. Repito: hay tristezas que son insoportables. Como la que produce esta novela mientras uno la lee, como la que arrastra su enorme-gigantesco personaje central. Como la que uno se imagina que vivieron nuestros abuelos y padres (para los que ya tenemos una edad) tras la Guerra Civil y el interminable periodo de dictadura franquista.
Qué novela más triste. Qué novela, así a secas.
Bajo la estructura de novela de carreteras o novela itinerante, vemos a la protagonista recorrer los caminos de esa España devastada por la guerra y asediada por la dictadura. Pero lo que realmente contemplamos es LA HERIDA DE UN PAÍS simbolizada en una mujer que ha perdido marido y dos hijos en la guerra y que tiene a su tercer hijo (el más pequeño) encerrado en una cárcel del norte y que es adonde la madre pretende llegar andando para llevarle un bizcocho que ella misma le ha preparado.
“ANA NO” duele al lector. Duele mucho seguir las vicisitudes y conocer los pensamientos, las derrotas e ilusiones de esta mujer pobre, encrespada por el dolor y, aún así, esperanzada en una meta. Durante el periplo de Ana (que parece susurrado por el machadiano verso tan conocido que dice “Caminante, no hay camino se hace camino al andar”), la novela describe (sin tapujos y con mucha osadía) la represión desde un enfoque intestinal y femenino, pues la protagonista aparece como insignia alegórica de un grupo generacional que sobrevivió como pudo, entre los temores y las falsedades, a una identidad social impuesta por el mundo “oficial” y putrefacto de los vencedores. La tristeza de una verdad, de nuevo, pululando por una novela demasiado triste y realista.
Pero toda esa congoja, todo ese abatimiento que la lectura supone, se compensa con el delicado lenguaje y la imponente verdad que nos regala Gómez Arcos. La sintaxis siempre es intensa con frases que dan puñetazos líricos, que incomodan por la realidad intrínseca que llevan dentro, por la cadencia sonora de enunciados que todavía suenan mejor cuando los verbalizas en voz alta, que es como debería leerse siempre la poesía o la prosa que se le acerca. Son un gustazo llegar a esas páginas en las que Ana monologa internamente con oraciones que se remachan constantemente y que menudean entre las obsesiones y las zozobras, entre las culpas y los deseos de lucha inquebrantable de una mujer anegada de perturbaciones y avideces de justicia. El escritor parece que reinventa el lenguaje de los despreciados y lo dota de equidad y entereza, como si los párrafos combatieran para desnudar las ofensas y las sinrazones y dar voz a la entereza y al orgullo injuriados. Pero sin panfletos, que aquí lo que prima no es el mensaje unidimensional, sino la calidad estética que no pierde la naturaleza del arte expresivo o de indagar en el mundo para mostrarlo. La realidad nunca aparece dogmatizada gracias al estilo de Gómez Arcos, un estilo que huye de la presunción, las pretensiones o la simplificación.
Solo le pongo un pero a esta novela: las reiteraciones, que consiguen que a la narración le sobren páginas y uno las lee con esa sensación de que a la cosa le faltó una pundonorosa poda.
Es mi tercer acercamiento a este escritor y las tres veces he aplaudido durante y al acabar la lectura. Me atrapa la forma que tiene de radiografiar la memoria histórica, el dolor, la represión franquista y al ser humano con todas sus miserias y ambigüedades. Y entre medias, esa tristeza irrespirable que se percibe en la mirada de los vencidos captada desde el lirismo o el realismo más descarnado.




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