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"EL MAGO DAVID", de Diego Sánchez Aguilar

  • salva-robles
  • hace 6 minutos
  • 4 Min. de lectura

“EL MAGO DAVID”, de Diego Sánchez Aguilar

AÑO: 2026

PÁGINAS: 154

GÉNERO: novela

 

“El ego y la vanidad son consustanciales al poeta,

al artista, al joven, al ser humano”. (Pág. 91)

 

Si de ego y vanidades va la cita que encabeza mi reseña es porque la novela de Sánchez Aguilar va, entre otras cosas, pero principalmente, de eso: de las dos grandes enfermedades del ser humano en el hoy, que se mueve (impulsado por la era digital) en esa divisa social. El personaje central de “EL MAGO DAVID” es un ser de ficción sobre el que sientes desde la primera página un rechazo visceral, no solo porque es un imbécil, un ególatra, un enfermo de vanidades subterráneas, sino y sobre todo, porque se ha construido internamente un ego sobre un alguien que cree ser para, en realidad, protegerse del rechazo, utilizando la vanidad como necesidad de proyectar una imagen falsa hacia fuera para alcanzar la validación externa. El resultado: un desgraciado, un iluso, un cínico desencantado que se enfrenta a la vida desde una vacuidad absoluta, un ser humano profundamente herido y tan perdido como carente de trascendencia y de convicciones y que habita en una mentira tan gigantesca que todo se le viene abajo justo cuando ENTIENDE quién es en realidad. Y la novela entera describe y narra, desde una voz narrativa en primera persona desgarradora que se desnuda supinamente en un in crescendo demoledor, un proceso de autorreconocimiento. El personaje central asiste a un espectáculo de magia y es desde ahí desde donde arranca no sé si su redención, pero sí, desde luego mi empatía como lector, que acabo poniéndome en los zapatos del otro cuando empiezo a darme cuenta (hacia la mitad de la novela) de quién soy yo para juzgar a nadie y quizá (quitemos el quizá) porque (es inevitable) uno siente en cada página que hay un espejo en el que necesariamente debo mirarme, aunque no me guste lo que veo (ay, el puto espejo reflejándome en tantas cosas). La novela de Sánchez Aguilar es una contundente y arrolladora bofetada (repleta de mucha inteligencia) que radiografía, con ironía y mucho humor (menos mal), los desengaños y las desesperanzas que nos llegan cuando nos convertimos en adultos. Aquí se deja muy claro que la madurez no es un logro, sino un proceso vital en el que acumulamos decepciones. En este sentido, me he estado acordando todo el rato del libro del editor y pensador italiano Roberto Calasso titulado “LA ACTUALIDAD INNOMBRABLE”, que es un ensayo que analiza en profundidad el hoy y que diagnostica cómo el hombre habita un presente fragmentado e informe.

Pero no podemos olvidarnos de que esta novela la escribe uno de los mejores autores de narrativa ahora mismo en España (y quien ha leído sus novelas o sus relatos me dará la razón). Y menciono esto porque “EL MAGO DAVID” es una novela que trasciende el análisis contemporáneo o lo reviste y nos regala, por si fuera poco todo lo anterior, un estupendo juego de metaficción que reflexiona sobre la literatura, sobre su propia condición de ser inventada. Así, Sánchez Aguilar muestra los atolladeros de la creación y de la escritura, exponiendo “el truco” (y aquí entra metafóricamente el mago del título, pero no hagamos espóilers) haciéndonos conscientes a los lectores de que estamos ante un artificio (porque la vida también lo es): “la literatura que, desde sus orígenes, no hace sino reflejar con sus espejos trucados el alma mágica y tramposa de las personas”, dice una frase en la página 136. O en la página 129: “… nuestras vidas adultas son las de personajes de ficción en un relato que ya está escrito”. En este sentido metafictivo, la novela del autor murciano (al igual que hace con la descripción del ser humano contemporáneo que hay dentro de ella) es también una demoledora crítica al engreimiento del escritor, a la falacia de la fama, a lo ridículo que es creerse alguien en el mundo de la literatura en un país como nuestra España, tan quijotesca como engañadora y farsante. Hay un fragmento en la página 48 que no me resisto a poner aquí (que es, al mismo tiempo tan revelador y tan mordaz como punzante): “Y por eso en España no existe la idea de triunfo cuando se habla de literatura. En España solo puede hablarse de fracaso; de la peor forma del fracaso; además, que es la de pensar que se ha triunfado o se ha llegado a un lugar de privilegio desde el cual despreciar a todo el que esté por debajo sin darse cuenta de que la única forma de tener éxito en literatura es ser norteamericano”. Pero la metaficción también proporciona en esta novela la idea de la literatura como magia inútil, como un truco o una mentira necesarios que, miren ustedes qué paradójico, es la única capaz de quitar la máscara sobre nuestra verdadera identidad.

Al final, uno cierra el libro sintiendo que ha leído una novela, al mismo tiempo, divertidísima y triste, potente y honda, muy profunda y muy intensa en sus apenas 154 páginas. Cinismo y verdad se dan la mano para lograr una representación ficcional sobre el hombre y la literatura del hoy que trasciende lo literario para convertirse en una obra que no solo es mero entretenimiento o belleza estética, sino sobre todo una novela que impacta por cómo conecta profundamente con la naturaleza humana y que hace de puente entre lo filosófico y la posible sanación personal (desde el reconocimiento de las propias limitaciones), mientras cuestiona nuestros comportamientos sociales. Una novela que busca incomodar provocando, al final, una catarsis que movilice al lector hacia la acción o hacia la reflexión profunda (o cambiamos esto o nos vamos a la mierda). Y una novela, finalmente, que grita la incongruencia y la contradicción (qué sería de nosotros sin contradicciones) de que la literatura no sirve, pero aquí es donde está su inmenso poder: no nos va a resolver problemas reales, no va a alterar nuestra naturaleza, pero nos sirve de refugio y espejo, de antídoto contra la superficialidad y de alimento para el espíritu, pues desarrolla la empatía, ordena el pensamiento y nos salva de la soledad de la que habla el personaje central en la página 20: “Si hay alguna lección que el colegio, la universidad, el trabajo, la amistad, el matrimonio y la paternidad me han enseñado, es que la soledad es el estado esencial e irrevocable del ser humano”. Menos mal que tenemos la literatura de Diego Sánchez Aguilar.

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