“LA VIDA FUERA DE CASA”, de Kike Parra Veïnat
- salva-robles
- 2 jul
- 3 min de lectura

“LA VIDA FUERA DE CASA”, de Kike Parra Veïnat
AÑO: 2026
PÁGINAS: 191
GÉNERO: relatos
Es obvio que toda lectura es un acto subjetivo e intransferible. No somos lectores pasivos cuando abrimos un libro y nos (con)centramos en sus páginas. El filtro emocional de cada uno y las proyecciones comienzan a darnos señales. Es la alteración/agitación de leer. Con unos libros esta mudanza o transformación sucede de manera más directa o de forma más profunda, que es lo que me ha pasado leyendo todos y cada uno de los ocho relatos de “LA VIDA FUERA DE CASA”. No solo por el disfrute de leer, es que en cada una de las historias he sentido algo así como emociones ancladas sin nombre (cuánto miedo nos da mirarnos) que han conectado con mi interior al ver entre las páginas a personajes de carne y hueso cuyas fragilidades humanas son una galería muy certera sobre nosotros en el hoy. Kike Parra Veïnat logra el milagro del observador que no juzga y deja ser y vivir a sus personajes en sus propias contradicciones, en sus avideces íntimas y, sobre todo, en sus miserias. Al final, cuando cierras el libro, te percatas que dentro de él vive (palpitante y conmovedor) un certero catálogo de la soledad del hombre contemporáneo. Hay una extraordinaria agudeza en el autor, como de médico con bisturí en mano, haciendo incisiones en nuestras crudezas más embarazosas. Y pese a las oscuridades nuestras (o quizá por ello mismo), el escritor valenciano extirpa o desenvaina de cada personaje una experiencia profundamente empática: la humanidad estalla por todas las esquinas, en cada página, en cada una de las ocho historias con personajes aparentemente insignificantes y que podrían ser (o son) cualquiera de nosotros que hemos sido grabados por la mirada cómplice (pero, sobre todo, indagadora) del autor.
Ayuda mucho a empatizar con estas criaturas de ficción (tan humanas y reales) un estilo narrativo que se ensancha en la multiplicidad (y complejidad estupenda) de voces narrativas que se expresan o bien a través de los diálogos o bien de los monólogos (siempre esas voces captadas desde una intimidad como confesional: de testimonio, de confidencia, de revelación) que dibujan unos relatos cuyos tonos siempre son los adecuados a las propias circunstancias de los personajes. Y añadamos: qué prosa y qué estructuras más trabajadas hay en este libro. No falta ni sobra nada. Todo aparece en su sitio y los finales están tan pulidos como bien rematados (sean abiertos o cerrados).
Y luego, para que se soporte mejor lo que hay de crueldad (ya que todo retrato fidedigno nos puede resultar desalmado porque nos incomoda sabernos cómo somos realmente), por el libro supura el humor y el afecto (llamémoslo mejor TERNURA). Vale que ese humor está en muchas ocasiones de manera desconsolada y, por ello, punza y lastima; sin embargo, logra que soportemos mejor vernos en los espejos que hay en cada página. Y vale también que esa TERNURA se asome casi siempre desde lo paradójico y hasta desde lo absurdo, pero ayuda (mucho) a que empaticemos y comprendamos (sin juzgar como tampoco juzga el escritor) la tragicomedia humana de la que somos parte y copropietarios.
Es la primera vez que me pasa con un libro de relatos: ninguno me sobra, todos me han encantado y emocionado a partes iguales y no podría elegir cuál o cuáles me han gustado más. Las ocho historias me han abrumado por sus matices, por la madurez narrativa que se percibe detrás (en cada una de ellas hay una atmósfera diferente que provoca extrañamiento y mucha intranquilidad y desasosiego), por la singularidad con la que el escritor aborda cada trama y, sobre todo, por construir un retrato del siglo XXI tan verdadero y tan consecuente al desnudar nuestras mentiras y miserias individuales a través de personajes que sobreviven en un derrumbe permanente que los lleva a estar siempre fuera de sitio (como si la desubicación fuera el aire que ahora respiramos).
Candaya, de nuevo, acierta. Qué maravilla y qué milagro.




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