“EL SER QUERIDO” (España, 2026), de Rodrigo Sorogoyen
- salva-robles
- hace 3 horas
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Con pulso corrosivo y mordiente, Sorogoyen disecciona el vínculo paterno-filial como metacinema doloroso. Un padre, director de cine ególatra, confronta a su hija olvidada. Melancolía, culpa y ¿redención? en un duelo interpretativo de hondura moral.
Así definiría yo esta película que confía en los espectadores y los trata como adultos (qué poco sucede esto). “EL SER QUERIDO” es cine que brilla donde Sorogoyen e Isabel Peña (menudo tándem: el bisturí moral del cine español) convierten un conflicto externo (el rodaje de una película) en un conflicto íntimo (la relación rota entre una hija y un padre). Es una película de profundidades, de capas. Una película incómoda como pocas. Por momentos, puro cine en estado casi salvaje e hipnótico. Sorogoyen juega con todo: digital, 35mm, 16mm, 8mm, color, blanco y negro, formato paronámico y 4:3 para que sintamos cómo el rodaje dentro de la película se va desmoronando a la vez que la relación entre los dos personajes centrales. Esa mixtura (que no gusta a muchos críticos) para mí es un acto de valentía estilística que dota a la película no de un capricho estético, sino que nos ofrece una manera de narrar con los propios soportes que tiene el cine. Se podría pensar que Sorogoyen se ha puesto pedante, pero aquí siento que funciona porque es emocional, no estético.
El poder y el abuso en el cine, la violencia latente de la masculinidad tóxica y la familia como territorio moral son los temas centrales de “EL SER QUERIDO”. A mí me ha parecido sublime cómo la película no demoniza ni redime al personaje de Bardem (símbolo del mito del creador intocable). Lo expone y nos muestra cómo esa masculinidad, cuando pierde el marco que la sostenía -el set, la fama, la obediencia- se queda vacía (¡ay, esa mirada final del actor! ¡Uf!). La paternidad desde la culpa, no desde la responsabilidad, ese intento de reparación que no pasa por escuchar, sino por dirigir la reconciliación como si fuera una escena de una película. Y es ahí donde se produce el choque con su hija, que ya no es la niña que dejó, sino una actriz adulta que le exige una relación entre iguales y que parece que le grita todo el rato: “No existen los hombres mejores. Existen los hombres con culpa”.
Hay dos secuencias clave sin las que la película no se sostendría narrativamente: la del inicio en el restaurante y la de un día de rodaje de una escena. Y son claves porque ambas son el reverso. Si la primera es contención, la segunda es explosión (y es donde se rompe la ficción de la película dentro de la película). Una te muestra por qué llevan trece años sin hablarse; la otra, por qué ya no pueden seguir sin hacerlo. La primera pone al espectador sin anestesia directamente en la HERIDA y es, desde ya, una de las escenas más hermosas y contundentes que nos ha regalado el cine español.
Bardem está a otro nivel (lo digo alto y claro: esta es su MEJOR interpretación), pero qué bien (¡QUÉ BIEN!) está Victoria Luengo dándole la réplica. Lo suyo es contención pura y seca; y se mueve diligente en todo ese espacio que ocupa el Bardem descomunal sin hacerse nunca pequeña a su lado. Ella hace una de esas interpretaciones “que no se ven” y, sin embargo, comprendes al final que es el verdadero corazón de la película.
“EL SER QUERIDO” no es una obra fácil de ver. Y por eso me ha gustado más. Me atrapó que no busca que quieras a sus personajes. El del padre es magnético y detestable al mismo tiempo, y Sorogoyen no te da el alivio de condenarlo ni de salvarlo. Te obliga a quedarte en medio, que es donde él como cineasta siempre pone al espectador.
Sorogoyen y Peña usan todo el artificio del cine para contar algo minúsculo: dos personas que no saben cómo decirse “me has hecho daño” y “te he echado de menos” en la misma frase. Es una película sobre esa generación de padres que fueron mitos fuera de casa y ausencias dentro. Y sobre esa generación de hijas que ya no admiten que el talento justifique todo.
Sales del cine en silencio, incómodo, pensando en qué llamada no has hecho. Y entendiendo que el ser querido del título es justo ese personaje que no existe en la película, sino la versión idealizada del otro que cada uno se ha inventado para poder soportar trece años de silencio. Así que la película va de matar a ese ser querido imaginario para poder querer al ser real, con todo lo que eso implica: decepción, rabia y, por primera vez en sus vidas, honestidad.




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