"EL VERANO QUE ME DEBÍA"
- salva-robles
- hace 1 día
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Me debía este verano. No a otro, ni al mundo. A mí. No ha hecho ruido. Ha sido un verano sin prisa, ajeno a la tiranía de los planes y de los kilómetros, cuantificable únicamente en el lento pasar de las páginas y en el fulgor tardío de una pantalla que se apaga. He permanecido. Y en esa permanencia, he regresado a mí mismo. Al fin, sin culpa, me he entregado a lo que me constituye, a lo que me entretiene y me restituye: el ejercicio callado de habitarme.
He leído mucho. Mucho, de verdad. Novelas densas en la claridad de la mañana, junto al café humeante; ensayos subrayados a lápiz en la indolencia de la tarde, hasta desencuadernarlos; poesía, teatro, novela gráfica y cuentos en la noche, cuando el rigor del calor retrocedía aunque solo fuera un poco. Cada libro ha sido una estancia fresca abierta en mitad de la canícula murciana. No leía para concluir, sino para habitar. Y, no obstante, he concluido todos y cada uno de los libros que empecé. He consentido que otras conciencias pensasen dentro de mí. En el intersticio entre línea y línea, me he ido recomponiendo.
Y al cerrar el libro, encendía otra fábula. He visto muchas películas. Muchas, lo afirmo sin hipérbole. A oscuras, con el ventilador enfrente trazando su órbita lenta, la luz de la pantalla ungía mi rostro. He retornado a filmes amados, como quien vuelve a un lugar de la infancia, y he descubierto otros, luminosos y recientes, que nada exigían salvo mi mirada. No era matar el tiempo, sino hospedarlo. El mundo enmudecía por unas horas para que yo aprendiese a escuchar.
Y luego estabas tú. Y todo se transfigura sin necesidad de mudanza. El gozo sereno de compartir el sofá sin el imperativo de la palabra, de comentar una escena con una sola mirada, de reír al unísono sin previo acuerdo. Contigo la paz deja de ser soledad para volverse complicidad. No se requieren grandes designios para que el día se justifique. Basta ese instante inocente en la piscina, el agua prendida en las pestañas, tu sonrisa sosegada brillando sobre el azul. He comprendido que la intimidad no consiste en hacer mucho juntos, sino en que el tiempo, aunque nada acontezca, se vuelva más pleno si tú estás.
La piscina ha sido mi otra terapia. Ese instante antes de entrar en ella, cuando el cuerpo recela del frío, y el abandono posterior. Flotar boca arriba, los ojos entornados, sin más sonido que mi respiración y el rumor remoto del verano. Sin música. Sin destino. He aprendido que no hacer nada es a veces la mejor manera de cuidarse.
Ahora que agosto (y con él las vacaciones) se despide, me siento ligero. Me habita una paz honda, sin estridencia, sin euforia. Es como si mi interior hubiese quedado por fin ordenado, como una biblioteca tras la limpieza de quitarle el polvo una vez por año, como un jardín invisible que cuidé todo el verano y que, sin yo advertirlo, acabó cuidándome.
No he acometido grandes empresas. Y, sin embargo, jamás había sentido el verano tan maravilloso y tan mío. No me he impuesto ser más interesante, ni más productivo, ni más sociable. Me he concedido la armonía de no pelearme conmigo. Me debía este verano como se salda una deuda antigua: sin testigos, sin alarde. Simplemente ajustando cuentas con quien soy, diciéndome: basta, descansa. No es necesario seguir colisionando contra los muros del trabajo o contra el juicio de los otros.
Al final, crecer no consiste en añadir. Es quitar el ruido hasta quedarte tú, en paz, en tu propia morada interior. La paz no se conquista: se permite. No llega por voluntad de dominio, sino cuando dejas de hacerte la guerra. La serenidad no ha llegado porque el exterior estuviese en orden, sino porque dejé de exigirle al exterior que me ordenase. Y en ese abandono de la exigencia, en esa tregua íntima, me he sentido, por primera vez en mucho tiempo, a salvo dentro de mí.
Gracias, verano.




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