"Madrugada vacía"
- salva-robles
- hace 4 días
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Madrugada vacía
Se despertó de madrugada. No en una cama, sino de pie en mitad de una calle. Como si la noche lo hubiera escupido y se hubiera olvidado de darle un motivo. Abrió los ojos y el mundo solo era lluvia. El agua se derramaba en lugar de caer. Un telón de agujas de plata que bordaba la noche. Cada gota, un pequeño espejo roto en el que su rostro se multiplicaba y se perdía. Tenía el pelo muy mojado y pegado a la frente como tinta corrida por un poema afligido. La calle tenía el aspecto de un corredor vacío después del fin. Todas las persianas bajadas como párpados muertos. Ningún coche. Ninguna voz. Ninguna luz encendida tras ninguna ventana. Como si la ciudad hubiera sido evacuada hacía horas y nadie lo hubiera avisado. Solo quedaban él y el sonido hueco del agua golpeando un mundo ya sin habitantes. Al principio caminó con las manos en los bolsillos. Y cuanto más caminaba, más se empapaba. La lluvia se le metía por el cuello, le buscaba el pecho, le pesaba en la camiseta que ahora era una segunda piel fría y cansada. Cada charco que pisaba, un pequeño mar oscuro que se rompía bajo sus pies, y en cada chapoteo sentía que dejaba un pedazo de lo que había sido.
Se giró hacia atrás. Miró la calle larga esperando ver sus propias huellas. Pero la lluvia ni siquiera las había dibujado. Comprendió que no estaba perdido. Estar perdido implica que hay un mapa. Aquí no había mapa, no había norte, ni siquiera había un nombre para esa calle. El cielo era una losa baja y sin estrellas, un techo de plomo que goteaba sobre un escenario que se asemejaba a algo clausurado. Él solo era un hombre despierto en mitad de una calle. Se detuvo. No pudo seguir. Abrió los brazos en cruz en medio del diluvio. No como un Cristo, sino como un náufrago. Como quien ofrece el pecho a la tormenta porque ya no tiene nada que proteger. Miró a un lado, con la expresión de no saber qué hacer, con la tristeza ya instalada en el fondo de los ojos. Sintió en el pecho algo así como una dolencia tan etérea como invisible. De esas que empiezan y no se cierran como un grifo. Dolencia profunda que empezó a resultarle insoportable, pero pensando en que se sufre mucho más cuando se trata de sortear las congojas.
Y allí se quedó. Inmóvil. Solo en una calle desconocida que no sabía si lo quería dentro, mientras la lluvia seguía cayendo a mares sobre un mundo que, para él, se había vuelto inaccesible y tan áspero. Con ese aspecto de empeorar cuanto más lo mirabas.




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