"LAS CRINES", de Marc Colell
- salva-robles
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“LAS CRINES”, de Marc Colell
AÑO: 2026
PÁGINAS: 154
GÉNERO: novela
La calidad literaria de este autor se ensancha aún más en su tercer libro publicado (que es la segunda novela de Marc Colell). He empezado de manera redundante, ¿verdad? E igual suena a pedantería o a amiguismo. Nada más lejos de mis intenciones. Abran el libro, comiencen a leer y, seguramente, les pasará lo que me ha pasado a mí: me lo traje a casa, me puse a las seis de la tarde a leerlo y no pude parar hasta acabarlo cerca de las diez de la noche. De un tirón, con dos paradas para ir al baño entremedias.
El argumento de “LAS CRINES” se resumiría en dos líneas. Parece leve, diáfana, la trama. Algo así como algo secundario que sirve para otras cosas. Bueno, sí, pero no. Afirmar algo así es una falacia, algo engañoso. Sin embargo, es verdad que lo que importa en esta novela no es lo que cuenta (que también), sino el cómo se cuenta, la atmósfera que logra ese cómo y su valor inmenso en eso de ser un poderoso escudriñamiento existencial a través de un hombre que existe en primer lugar y que luego se define (la novela en sí de Colell) a través de sus elecciones. Aquí la elección es un viaje lejos de su hábitat acostumbrado, lejos de su cotidianidad. El motivo de ese viaje (¿una huida? ¿una necesidad de soledad?) no queda claro ni importa saberlo. Pero sí se percibe que igual ese hombre no ha encontrado aún su propósito vital ante esa angustia que ser libres nos supone a veces, porque la libertad también puede ser una condena. Como es una condena ser avalistas de lo que somos y de lo que forjamos. Y aunque la trama es leve, suceden (le suceden al protagonista) muchas cosas en un lugar desconocido para él, en mitad de las amplias llanuras pampeanas. Un espacio real y metafórico al mismo tiempo. El paisaje como conocimiento, pero también como revelación en mitad de ese extrañamiento que empapa las descripciones (uno ve y escucha esa pampa argentina) y que logra que veamos lo cotidiano como si fuera la primera vez, pues nos revelan detalles ocultos que se esconden detrás de la realidad.
Aunque yo hablaba de que lo que importa en esta novela es su lenguaje, el exquisito uso de la palabra que construye frases para convertirse en estados, en conciencia humana, en atmósfera introspectiva, anímica, íntima y, claro está, reflexiva. Porque esto es realmente “LAS CRINES”: situaciones humanas, contextos cotidianos y escenarios reales transformados en mirada hacia dentro a través de un lenguaje que se convierte en proceso clave para la autoconciencia. Y en mitad de ello, estalla la lírica, pues cada párrafo en esta novela es, desde la primera hasta la última página, pura cadencia disfrazada de musicalidad y ritmo internos. Esto crea un estado lector que es puro trance hipnótico, ya que todo lo que se lee nos invita a mirar los bordes de lo que conocemos para que acabemos explorando, en mitad de toda esa poesía, las batallas profundas que somos (y poseemos) por nuestra condición humana. Ayuda también a esto, y mucho, la poderosa voz en primera persona de una novela que parece también epistolar de una manera indirecta.
El personaje central es un ente de ficción inmenso que se verá cercado sin pretenderlo (porque lo que buscaba era soledad) por unos personajes secundarios que forman un microcosmos en mitad de esa inmensidad pampeana. Y ese microcosmos sale en la novela como fragor que es penetrante y profunda investigación social. He contemplado ternura, mucha ternura detrás de muchas situaciones, de algunos personajes y, sobre todo, en la mirada que pone Colell al mundo. Una mirada melancólica también. Y de esa mirada estalla la emoción que se impregna dentro del lector, que cierra el libro sintiendo (y celebrando) que esta vez las palabras no han fracasado.




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