"TINTA Y SANGRE", de Han Kang
- salva-robles
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“TINTA Y SANGRE”, de Han Kang
AÑO: 2010
PÁGINAS: 307
GÉNERO: novela
Esta novela de la premio Nobel estaba aún inédita en nuestro país, aunque la escribió justo después de su novela (quizá más reconocida) titulada “LA VEGETARIANA”. De nuevo, caigo rendido ante su manera de entender y afrontar la narrativa para hablar de temas variados mientras juega, reinventando, con los géneros. Aquí se dan la mano los recuerdos, la evocación, los sueños, el arte, la astrofísica, el misterio y la poesía. Lo reviste todo bajo el magma encendido de un thriller inusual, pues no hay ni detectives, ni su objetivo principal es generar ansiedad y expectación usando la técnica de los cliffhangers. Aunque sí que hay un muerto supuestamente por suicidio que la protagonista, amiga de la fallecida, no se cree.
Yo alucino con el eje narrativo que nos propone la escritora coreana, que es de una solidez enorme. Su prosa está plagada de sinuosidades extrañas y oscuras, y sabe atrapar, con extraordinario lirismo, la experiencia humana con una delicadeza y una solidez que me emociona siempre. Sus personajes son entes extraños y cargan mochilas llenas de tragaderas que callan y se les remueven en los interiores y los convierten en seres alienados, dolientes, que luchan por encajar en una sociedad exigente. Sufren, en muchos casos, de una desconexión emocional que la prosa de Kang la convierte en una pausada reflexión donde memoria y emociones se van radiografiando a un ritmo compendiado en el que, de pronto, estallan lo simbólico y lo filosófico o las alegorías para explorar la espiritualidad, la moral y la sabiduría. Así, la naturaleza (que en este caso vuelve a estar reflejada a través del frío invierno y la nieve) sirve no solo como escenario, sino como analogía de la vida (y hasta del alma) de los personajes. La prosa poética de Kang, y lo digo sin cortarme un pelo ni sentir vergüenza, parece un susurro de los dioses. Y, pese a lo que digo, se lee fácil. No es complicada la prosa de esta autora, ni se recrea en un barroco impenetrable (aunque es, sin duda alguna, una prosa en continuo experimentalismo). Muy al contrario, uno percibe los traumas personales de sus personajes casi como si fueran propios gracias a una manera de prosificar que juega, en un perfecto equilibrio, entre lo desgarrador y la delicadeza onírica, mientras deja espacio para las interpretaciones del lector.
Es el lenguaje de Kang siempre delicado y sensible. Un lenguaje quirúrgico y sensorial. Y aunque en esta novela (ya he dicho que parece un thriller) hay una intriga que es firme y continua, es mucho más importante el dibujo del dolor subyacente bajo las emociones de su personaje central (esa mujer que investiga que la muerte de su amiga no fue por suicidio), un dolor interno que se retrata con una exactitud casi cirujana y somática. Y es ese mismo lenguaje el que se plantea preguntas sobre cómo continuar viviendo tras el trauma, mientras nos dibuja, al alimón, el obstáculo de rechazar el mundo para sortear la violencia. Está muy clara, en este sentido, la simbología del título de la novela: la tinta sería la ficción, la pintura y la palabra; mientras que la sangre representaría la vida real, el dolor y la tragedia. La sangre como la fragilidad de los cuerpos humanos frente a la violencia; y la tinta, el único vestigio que nos queda para dar evidencia de esa existencia.
Ya lo dijo ella misma en su discurso de aceptación del Nobel. Dijo algo así como que escribir es un acto de luz. Para ella la tinta no es solo un material, sino una forma de iluminar las “habitaciones oscuras” de la historia y el trauma humano (la “sangre”). La herida compartida. También dijo que no se puede escribir la vida sin mancharse de la realidad. Y la literatura es el puente donde el dolor físico (la sangre) se transforma en memoria colectiva (tinta), permitiendo que las víctimas dejen de ser números y recuperen su dignidad humana. Ella define su labor como intento de “llegar al otro lado” del sufrimiento, usando el lenguaje como una herramienta de curación y no de agresión.
Y así siento yo su literatura: que me enfrenta a una cantidad enorme de emociones y sentimientos (reprimidos casi siempre en sus personajes) que pululan entre sus páginas y en las que me encuentro siempre una reflexión (que me empapa como la mejor poesía) sobre lo que significa ser humano, con toda esa carga brutal de ternura y crueldad que conlleva hacerlo.
Así que con “TINTA Y SANGRE” he vuelto a levitar como lector. Muy y hasta mucho. Y sigo constatando que Han Kang es una escritora enorme. Todos sus libros traducidos aquí, todos, me han supuesto regocijos lectores.




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