"TRES NOCHES EN ÍTACA", de Alberto Conejero

“TRES NOCHES EN ÍTACA”, de Alberto Conejero
AÑO: 2026
PÁGINAS: 120
GÉNERO: teatro
Una de las obras de teatro más hermosas que yo he leído últimamente.
De nuevo, Alberto Conejero (ahora de moda gracias a la película “LA BOLA NEGRA”, en la que participa directamente como coguionista y aporta el material literario que sirvió de cimiento para el proyecto: su obra teatral “LA PIEDRA OSCURA”) nos regala una pieza que se caracteriza por una profunda sensibilidad poética y un firme compromiso ético. Una pieza que no busca solo entretenimiento, sino que persigue -como siempre en su teatro- la conmoción íntima del espectador.
Con un lenguaje cuidadísimo, muy metafórico y musical, cargado de belleza y de introspección, “TRES NOCHES EN ÍTACA” es una obra teatral que da la misma importancia a lo que se dice que a lo que no. Así, el texto dramático se llena de pausas, de elipsis y subtextos que es donde anida una efectiva finalidad dramática. Vuelve el autor a los espacios cerrados y simbólicos, aquí una casa que funciona como caja de resonancia de los conflictos internos de los personajes. Y vuelve, también, a una obra con pocos personajes y cuyos diálogos se convierten en confesiones profundas que dotan de gran evolución psicológica a las tres hermanas protagonistas (y al personaje ausente, pero no invisible de la madre).
El texto entrelaza de forma magistral el angustioso presente de los tres personajes femeninos con la inmortalidad y la belleza del mundo clásico. Conejero utiliza la mitología y la literatura griega clásica no como un adorno, sino como vehículo poético de las emociones de las tres hermanas. Así, la obra está humedecida por una profundísima riqueza alegórica que estructura un drama actual sobre la herencia del silencio, el perdón y el duelo familiar. Si en LA ODISEA, de Homero, Ítaca era la meta, el hogar al que se regresa para restaurar el orden, en la obra de Conejero el símbolo maniobra a la inversa: una madre que se exilia voluntariamente a Ítaca realizando una fuga para la emancipación en la búsqueda de su propio deseo (con ecos claros de la Nora de “CASA DE MUÑECAS”, de Ibsen). Y para las hijas ese territorio que conquista la madre es un espacio moral en el que hay muchas preguntas sin respuestas y sobre las que tendrán que aprender a convivir.
Veinte años después del “portazo” de la madre, las hijas viajan a la isla griega para tratar de organizar el entierro de su progenitora durante tres noches en la casa humilde de esta última. Esa circunstancia es también simbólica, pues lo que realmente ocurre es que las hijas acuden a la isla para reconstruir la memoria de su madre, revisando el relato que habían cimentado de ella y aceptándola más allá de su rol materno, una mujer con sus propias luces y sombras. La obra se convierte en un drama concentrado pues se sostiene únicamente sobre las interacciones de las tres hermanas. Así, nos encontramos con una obra de distancias cortas, diálogos ágiles y confesiones profundas diseñados para que aflore la verdad. Las hijas no solo se enfrentan al duelo por la pérdida de la madre, sino también a los silencios familiares que se transmiten de generación en generación, los reproches, los secretos y los afectos postergados durante veinte años. La estancia en la casa las obliga a nombrar lo callado. Y ese nombrar lo callado convierte la palabra en el único vehículo capacitado para transformar el dolor del duelo en un entendimiento y en una mediación reconciliadora.
Posdata: es una pieza dramática bellísima. El eco de la Nora de Ibsen es también el eco del derecho al renacimiento. El portazo que da la madre de “TRES NOCHES EN ÍTACA” veinte años atrás y su exilio voluntario son símbolos del derecho a la reinvención y a la libertad individual en la madurez. Así, Conejero confronta el edadismo y las monomanías sistémicas que niegan la libertad de las mujeres cuando ingresan en la vejez o en la maternidad.
Bravo y bravo. Cómo me gustaría ver esta obra representada en un teatro. Uf.




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