“EL HOMBRE QUE SOLO ESCRIBÍA EN LOS AVIONES”, de Pedro Almodóvar

“EL HOMBRE QUE SOLO ESCRIBÍA EN LOS AVIONES”, de Pedro Almodóvar
AÑO: 2026
PÁGINAS: 248
GÉNERO: novela
Nuestro director de cine más internacional escribe su primera novela. Ya se había acercado antes a la narrativa con tres libros de relatos y ahora se saca de la manga una novela apasionada muy en la línea de aquellas (sus primeras) películas irreverentes y febriles que destilaban tanto amor por hacer cine. Almodóvar ha parido una novela en consonancia con su actitud como director durante toda su carrera: independiente, extravagante y, sobre todo, desvergonzada.
Se ha inventado un protagonista “cleptómano de ideas”, un escritor incipiente, vocacional y que practica sin pudor la fanficción, es decir, un autor que genera contenido narrativo a partir de una obra ya existente utilizando motivos, personajes e historias de la obra original. Un lector vocacional cuyo deseo por escribir es el motor que lo impulsa en la supervivencia. En este sentido, es un personaje almodovariano total: el deseo como propulsión. Así, la novela de Almodóvar se llena de referencias y de apropiaciones y se convierte en un collage de metatextos por doquier que adornan la trama principal, la de un hombre (Flavio Guijarro) que tiene muchas vocaciones (y las ha practicado todas ellas en distintos momentos de su vida) y que todas tienen que ver, de alguna manera, con la literatura y, finalmente, con el cine (que es lo más cerca que hemos estado de inventar el arte total, no porque lo contenga todo, sino porque nos hace creer que todo cabe en una imagen). El protagonista almodovariano aspira (o se parece mucho) a lo que Wagner llamó gesamtkunstwerk (la obra de arte total): quería una ópera donde música, poesía, teatro, escenografía y arquitectura no se sumaran, sino que se fundieran. Y por ahí es por donde bucea Flavio cuando comprende, al final de la novela, que todo lo que ha estado haciendo en su vida era un camino que lo ha llevado de leer mucho (y bien) al cine. Algo parecido a lo que André Bazin dijo: el cine no ha inventado nada, pero le dio a todo lo anterior un destino. Sumemos a esto la obsesión de Flavio por continuar las historias que le marcaron cuando las leyó en los libros: él necesita reescribirlos, continuarlos. Como robo y como homenaje sin que nada de todo eso le parezca deshonesto o inmoral. Flavio no es Pedro Almodóvar, pero podría serlo. Y, de hecho, su primera novela es como una cadena interminable y hace explícito lo que ha hecho siempre con sus películas: citar, robar, continuar. La reinvención como gran tema. Así sucede en casi todos los protagonistas de sus películas, que son personajes que necesitan reinventarse para sobrevivir. De esta manera, el protagonista de la novela vive encerrado (y feliz por ello) en una maraña de palabras (tanto en las que lee en los libros como en las que escribe en los márgenes y en las páginas blancas del principio y del final de esos libros).
La soledad, el amor y el deseo (abordados desde una mirada íntima y singular, muy de su universo creativo), la relación entre la realidad y la ficción (la novela funciona como un rompecabezas que se cuestiona a sí mismo desde el principio), el diálogo entre literatura y cine (palabras prestadas) o la pasión por la escritura y el acto de crear (la imaginación cosiendo recuerdos, citas y reflexiones) son los grandes temas que aborda Almodóvar en su novela.
Hay combinación de múltiples estilos y registros narrativos sin seguir una estructura lineal o convencional. Almodóvar dialoga constantemente con sus influencias literarias y cinematográficas integrando citas, homenajes y continuaciones de autores como Bolaño, Clarice Lispector, Borges, Henry James o Nabokov. Todo contado con tono descomedido e irrespetuoso y absolutamente vehemente y fogoso. El relato avanza con rapidez, con intensidad, mixturando momentos de humor con pasajes perturbadores para realizar una profunda exploración de la soledad, del deseo y la pasión por la creación artística. Todo florece con la apariencia de una autobiografía que es puro juego con la ficción. Por supuesto, no es una autobiografía estricta, pero la novela utiliza materiales íntimos, recuerdos y obsesiones del director, difuminándose así la frontera entre lo vivido, lo inventado o lo imaginado. Almodóvar practica una libertad total: su novela escapa de las sinopsis cerradas y de las etiquetas de género y construye un rompecabezas libre, insólito y, sobre todo, muy muy muy descarado.
No tengo aún muy claro el porqué, pero leyéndola me he acordado todo el rato de Vila-Matas (al que, por cierto, le ha encantado la novela de Pedro Almodóvar según he podido saber esta misma tarde antes de escribir esta reseña).




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