“UNA FAMILIA MODERNA”, de Helga Flatland
- salva-robles
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“UNA FAMILIA MODERNA”, de Helga Flatland
AÑO: 2017
PÁGINAS: 294
GÉNERO: novela
La novela parte de una premisa argumental nada original, pero curiosa: una pareja que lleva cuarenta años de matrimonio, en el setenta cumpleaños del marido, anuncia a la familia su divorcio. Tienen tres hijos adultos y la vida de los tres se pondrá patas arriba tras conocer la noticia. En cinco capítulos extensos (que funcionan como perfectas novelas cortas), escritos en primera persona por las dos hermanas (dos capítulos cada una) y el hermano (narrador del quinto y último), vemos cómo suceden las vidas cotidianas (durante los dos años siguientes) de todos los personajes (incluidos parejas e hijos), mientras se desnudan sus fragilidades y caen los cimientos que creían bien sólidos. La vida contemporánea al desnudo es el resultado final. La novela de Flatland no se centra en el divorcio de los padres, sino en el bombazo psicológico que ocurre en las cabezas y corazones de los tres hijos.
Si el lector tiene paciencia, será recompensado. El primer capítulo podría disgustar un poco, pues sirve de presentación de personajes y como planteamiento de la situación sobre la que luego se cimentará todo y en él aparecen ciertas convenciones no solo narrativas, sino y sobre todo, temáticas. Pero en cuanto comienza el segundo capítulo, la novela crece de manera muy estimulante pues se habla del ser humano en el hoy, un hoy en crisis simbolizado en los problemas existenciales de los personajes centrales (Liv, Ellen y Håkon, tres hermanos que afrontan la vida, en principio, de formas muy diferentes). Lo mejor de la novela, desde mi punto de vista, es cómo la autora noruega sobresale por su sagacidad y sutileza psicológicas, con una escritura quirúrgica a la hora de penetrar en la psique de los personajes y cuyo centro inmanente (pero nunca protagonista) son los padres que han decepcionado a sus vástagos por la decisión tomada.
A partir de la disección anímica, moral y también psíquica, la novela se hace grande cuando la autora decide alejarse del adorno lírico y centrarse en la precisión emocional, con una prosa que evita el melodrama (aunque parecía lo contrario por lo que llevo dicho) y se concentra en las tensiones que surgen en los momentos cotidianos. Momentos que se describen con detalle a través, sobre todo, de diálogos domésticos que radiografían grandes tiranteces emocionales. Resultado: un desnudo integral de la clase media noruega. Al haber tres voces narrativas, cada una con su propio tono, la novela de Flatland, desde un perspectivismo fragmentado, juega con inteligencia a la subjetividad: cada hijo no es que cuente la “Verdad”, sino una percepción sesgada. Así, lo que no se dice va adquiriendo una gran fuerza y el lector debe reconstruir lo que se percibe entre líneas.
Por último, está el humor, tan seco y tan nórdico, que sirve aquí dentro para representar con ironía (que ya se trasluce en el propio título de la novela) a esa clase media de la que hablamos. Y ese estilo de la prosa, tan funcional y tan transparente, pero sobre todo tan frío y preciso y tan escandinavo, que a mí me atrapa como lector, como voyeur que asiste, desde el otro lado de la mirilla, a la vida privada de unos personajes que me reflejan de alguna manera y que son cercanos, creíbles y profundamente humanos.
Lo reconozco: este tipo de novelas me ganan. Esas que retratan, con tanta penetrabilidad, las grandes fallas de un concepto como la familia.




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