
“ADOLESCENCIA” (miniserie, 4 episodios)
Todos tenemos una idea propia sobre la adolescencia, con su contenido biológico evolutivo incluido y con nuestra propia experiencia añadida a esa idea. Es una etapa en la que comenzamos a pensar de manera más abstracta, a vernos diferentes y con una necesidad de que el mundo “nos” perciba. Notamos (así como de pronto) que para nosotros es importante nuestro aspecto físico, tener amigos y sentirnos parte de un grupo. De esta manera, buceamos de forma (casi siempre) inconsciente para encajar en ese mundo exterior que (de improviso) cobra relevancia fundamental.
Pero, ¿qué ocurre en la mente de un adolescente cuando tiene que anclarse dentro de un mundo como el de hoy repleto de referentes distorsionados? Esta es la gran premisa que la miniserie bosqueja: hacernos pensar en lo que hemos construido los adultos para dejarles un mundo así a nuestros adolescentes. Y nos obliga a plantearnos lo siguiente: ¿qué hemos hecho mal? (Así, en un contundente verbo en pasado -reciente-). El filósofo Rousseau afirmaba algo así como que todos los seres humanos llegamos al mundo siendo buenos por naturaleza. Pero, entonces, ¿por qué descarrilamos cuando (por influencia directa e indirecta de otros seres humanos) los traumas comienzan a empantanar nuestras emociones?
La magnética y maravillosa serie nunca cae (y es ahí donde explota su excelencia y por eso impacta tanto) en moralinas o paternalismos (eso hubiera sido una simplificación de las rotundas complejidades que atesora su pasmoso y sugestivo guion). La propuesta televisiva escudriña y revela todo con una objetividad que apabulla por esa realidad azotadora que acaba apareciendo en la pantalla, no se corta en soltar guantazos que llegan con más contundencia gracias a una forma narrativa que se aplica en sus cuatro intensísimos episodios: cada uno de ellos está rodado en un único plano-secuencia. Y en los cuatro vemos cómo se añaden capas y representaciones o perspectivas sobre un hecho concreto y que tienen como telón de fondo la siguiente cuestión: ¿puede ser un monstruo un hijo nuestro?
La serie hace un sumergimiento impecable en la psicología de un crimen que es todavía más espeluznante (aunque todos los crímenes lo son, por supuesto) cuando este viene cometido por un chaval de 13 años. ¿Qué ha fallado en los alrededores de este adolescente para que ejecute tal atrocidad? Y la serie, que no da respuestas directas, lo tiene muy claro: a ese chaval le hemos fallado todos, la sociedad actual en su conjunto. De aquí viene esa crudeza tan directa y sin contemplaciones con la que la pantalla nos vomita encima. No hay trucos, no hay manipulaciones narrativas: en cada uno de los 4 episodios vemos que se va al grano, al meollo. Y, claro, el espectador queda noqueado de por vida porque así nos dejan las obras artísticas cuando estas se apegan a la sinceridad: dejan huella imperecedera.
Técnicamente es, también, una gozada de serie. Un portentoso artefacto artístico. No hay respiro, la cámara nos obliga a seguir las diferentes perspectivas de la historia regalándonos una clase magistral de narratividad en la que sus principios de articulación dan sentido a un todo en el que lo principal es dejar cientos de cuestiones en la mente del espectador, preguntas cuyas respuestas quizá no tengamos o no queramos encontrarlas por lo que tienen de clarividencia sobre este hoy fiero, brutal, cruel y despiadado. Cuestiones que se podrían resumir en una sola: ¿por qué lo hemos permitido?
Ritmo angustiante, actuaciones inmejorables de los actores implicados que deberían llevarse todos los premios del mundo el año que viene, una realización que se transmuta en inteligencia visual o representativa y un guion que es sutileza y azotamiento a raudales, suman para dar como resultado una de esas series que nacen ya (y desde el principio) míticas por lo que tienen de excelencia la mires o analices por el ángulo que sea.
Pero más allá de esa excelsitud, quedémonos con las preguntas y críticas sociales que plantea, hagamos un esfuerzo de introspección, aunque nos duela, aguijonee (quizá precisamente por ello) o nos lleve a lugares oscuros de nuestros interiores. Hay dentro de esta obra algo muy grande y, también, muy hermoso por lo que tiene de indagador y, asimismo, de discutitivo sobre temas peliagudos o sustanciales y de mucha trascendencia: hagamos debate (es tan necesario hoy más que nunca) sobre este mundo que administran las redes sociales, sobre los conceptos de la masculinidad, sobre la misoginia, sobre esa autoridad que tiene sobre nosotros (autoridad tan retorcida y desfigurada) nuestra autoimagen, sobre qué mundo le hemos dejado a nuestros adolescentes.
Posdata: sí, soy un ingenuo del quince. ¿Debate? Me río ahora mismo de mí mismo y lloro también. ¿Debate? ¿Entre quiénes? ¿Entre esos mismos que nos peleamos sin pudor alguno en las redes sociales sin respetar las opiniones ajenas o distorsionándolas hasta puntos esperpénticos con el único propósito de ponernos por encima de los demás porque yo lo valgo o para tapar nuestras propias frustraciones? Bueno, ya está. Termino mi reseña con un ojalá y un gracias. Ojalá aprendamos algo de esta serie. Y gracias creadores y artistas de esta serie por haber parido una obra de arte tan mayúscula, tan importante y tan hermosa. Quedémonos, sí y también, con esos pequeños resquicios de esperanza que se vislumbran tan sutilmente en el último episodio en las conversaciones tremendas, tan tristes y desgarradoras, de ese padre y esa madre que no comprenden qué es lo que han hecho mal.
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