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Allan Hollinghurst, el custodio de la Belleza Perdida

  • salva-robles
  • hace 2 días
  • 6 min de lectura

Actualizado: hace 1 día


 

Este escritor británico (72 años) tiene traducidas (de forma magistral, por cierto) y publicadas en España (todas en Anagrama) siete novelas. A saber:

·       La biblioteca de la piscina (1988)

·       La estrella de la guarda (1994)

·       El hechizo (1998)

·       La línea de la belleza (2004)

·       El hijo del desconocido (2011)

·       El caso Sparsholt (2017)

·       Nuestras veladas (2024)

 

Me las leí casi seguidas y no por orden de publicación. Y caí rendido como lector: para mí uno de los grandes autores vivos. Creo que es bueno por una razón muy rara: escribe como si nadie estuviera mirando el estilo y, sin embargo, cada frase es un trabajo de orfebrería.

 

¿Qué lo hace diferente?

 

Escribe una prosa que no perdona. Su estilo es elegante y envolvente. Ritmo musical, sintaxis larga que nunca se enreda, descripciones de casas, jardines, cuerpos, música…que no son decorado, son psicología. No escribe “bonito” por escribir bonito. Te describe una moldura y ya sabes de qué clase social es el dueño.

Sinceramente, creo que es el heredero de Henry James (lo dicen muchos expertos de verdad y no solo un lector común y corriente como yo, aunque estoy muy de acuerdo). Evita ofrecer moralejas a sus lectores. No juzga, él observa. Su truco es el punto de vista filtrado: mete al lector dentro de un joven -casi siempre gay, de clase media, inteligente, pero deslumbrado- que entra en un mundo más rico, más culto, más poderoso, y logra que sientas la seducción y la incomodidad a la vez. Ves lo que ese joven ve y ves, también, lo que él no se atreve a ver. Hollinghurst hace historia social sin escribir novela histórica. Lo que traza es el universo de la clase alta y media de la Inglaterra contemporánea. Un ejemplo: no escribe sobre la homosexualidad en abstracto. Escribe sobre cómo cambió la moral sexual de toda una sociedad década a década. Así, Hollinghurst se convierte en un cronista, pero sin pancarta. Muchos escritores escriben sobre sexo. Él escribe sobre el deseo como manera de mirar y lo logra con una autenticidad que resulta perturbadora. El erotismo como forma de conocimiento. Por eso, sus novelas conectan contigo, aunque no seas gay, ni inglés, ni de clase alta: todos hemos querido pertenecer a un mundo que te mira por encima del hombro. Sus novelas son largas (varias de ellas rondan las 500 páginas) y parecen divagar, pero están construidas como una casa georgiana y con una prosa de arquitectura perfecta.

 

¿Cómo son sus personajes?

 

Son todos variaciones de una misma herida: querer pertenecer. No son héroes ni villanos. Son gente que mira mucho y actúa poco, y justo por eso los ves con tanta claridad. Son seres que casi siempre viven una tragedia jamesiana: creen que los admiran por su gusto, cuando lo que hacen los demás personajes es usarlos como decoración. Son protagonistas que entran como becarios, inquilinos, amantes o invitados en una familia rica y liberal que los fascina. Y no se dan cuenta de que están siendo tolerados, no incluidos. Son personajes que miran y que se están haciendo la misma pregunta: si me acuesto con el mundo correcto, ¿me dejará quedarme? Y por eso mismo incomodan: no son representativos, son particulares, vanidosos, a veces cobardes. Como todos nosotros cuando queremos/necesitamos gustar.

 

¿Cómo describe Hollinghurst?

 

Cuidado. Las descripciones de este escritor son la trampa. Crees que te está describiendo una casa y lo que te está escribiendo es el poder. Crees que te describe un chico joven y lo que te describe es el paso del tiempo. Hay como dos obsesiones y las describe igual:

·       Las casas como radiografía social. Nunca te dice “era rico”. Te dice cómo es la casa. No hace inventario, hace arqueología. Aprendió de Henry James: una habitación te dice si sus dueños quieren ser amados o temidos.

·       Los cuerpos como arquitectura también. Describe a los hombres como describiría un edificio. Hombros, clavícula, el vello, el corte de pelo, cómo le queda el bañador. Pero nunca es pornográfico en el sentido barato. Describe como un pintor clásico. La mayoría de autores escriben el sexo, Hollinghurst escribe el deseo, que es más largo y más cruel. Y, al contrario que casi todos los escritores, él deja que sus personajes envejezcan en la descripción. Te muestra el mismo cuerpo a los 22 y a los 65. Sin nostalgia fácil. Ahí está su golpe: ves el tiempo en la piel. Es un narrador que te obliga a mirar despacio en un mundo que lee rápido. Si tú lo lees rápido, crees que en sus novelas no pasa nada. Si lo lees despacio, te das cuenta de que te lo ha contado todo sin decirlo.

 

¿Cuál es su técnica?

 

         Es engañosamente conservadora. Parece novela victoriana, pero es puro artificio moderno. Todo está pensado para que no veas el andamio. Usa la focalización interna estricta. Nunca hay narrador omnisciente. Hay un ojo. Un solo protagonista que lo filtra todo. Es, de nuevo, el truco de Henry James: la gran historia pasa por el rabillo del ojo. Y usa el estilo directo libre de forma magistral. No dice “pensó Dave Win”. Te mete su voz dentro de la narración sin avisar: “La casa era perfecta, por supuesto. Demasiado perfecta, quizá”. ¿Quién dice eso: el narrador o Dave intentando convencerse? Esa ambigüedad es toda una gran ironía de Hollinghurst.

 

         El gran tema de sus obras

 

         El tiempo como elegía. El tiempo en el cuerpo y en la casa. El tiempo como estructura, no como cronología. Nunca cuenta una vida de principio a fin. La corta en bloques. Y entre bloque y bloque, hay elipsis y no te cuenta qué pasó. Te obliga a deducirlo por cómo ha cambiado un mueble, un cuerpo, una manera de hablar. Es técnica de biografía: la vida no es continua, son fotos. Hollinghurst es profundamente proustiano. Todas sus novelas son sobre memoria. No cuenta una historia lineal, cuenta cómo una vida se recuerda a sí misma. Así, sus libros abarcan décadas para que veamos el desgaste.

 

         El alma de la literatura hollinghurstiana

 

Su alma es jamesiana. Hay una atención obsesiva al matiz social, al tono de voz que delata una clase, al cuadro que vale más que la persona que lo mira. Sus libros respiran una belleza como forma de conocimiento. No la belleza bonita, decorativa. La Belleza con mayúscula, en el sentido clásico, casi religioso. Para sus protagonistas, ver bien, escuchar bien, desear bien, es una manera de entender el mundo mucho más profunda que la política o la moral. Por eso sus novelas son a la vez sensuales e intelectuales: puede describir una felación con la misma precisión con la que describe un adagio de Britten o un jardín de estilo palladiano. Todo está al mismo nivel de atención.

         Y esa alma literaria nos viene regalada gracias a una prosa que es un placer físico. Lo primero es el estilo. Hollinghurst no es un escritor de trama, es un escritor de frase. Yo lo veo como el heredero (ya lo he dicho varias veces) de Henry James, pero también de Proust o de Nabokov. Si te gusta que la literatura suene bien, que te obligue a releer un párrafo solo por cómo está construido, este autor es tu casa. He leído por muchos sitios que dicen de él que es “el mejor prosista inglés vivo”. No es una exageración. Igual no es el que más, pero sí está entre los que más.

 

         ¿Y qué ocurre cuando lees a Hollinghurst?

 

          Pues ocurre que cuando cierras sus libros sientes que se te ha instalado muy dentro de ti una tristeza larga y hermosa. Lo que te deja este escritor es una sensación muy específica: la melancolía del que amó la belleza por encima de todo y descubre (con el cuerpo ya gastado los que tenemos una edad) que la belleza no te protege de nada. Ni del envejecimiento, ni del olvido, ni de la vulgaridad que nos rodea por todas partes. Leer a Hollinghurst es comprender que la estética de la buena literatura es la forma más lúcida y más trágica que tiene el deseo de negociar con el tiempo.

Y por eso mismo, no quieres que sus libros se acaben. Porque la Realidad es una mierda y su literatura te protege de ella.

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