“Sońka” de Ignacy Karpowicz
- salva-robles
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“Sońka” de Ignacy Karpowicz
AÑO: 2014
PÁGINAS: 243
GÉNERO: novela
Cuando lees una novela como esta, ese lector que he ido construyéndome a lo largo de mi vida siente que todo el bagaje leído ha ido encaminado a encontrarse, de vez en cuando, libros extraordinarios como “Sońka”. Porque leer siempre suma y en este caso el resultado es una novela que, de tan hermosa, duele leerla, duele pensarla, duele analizarla (uno también sabe que no va a estar a la altura de ella en una humilde reseña como esta). Esta obra es pura química de la felicidad para un lector como el que yo me he labrado, que no busca conscientemente el milagro, pero que indaga y explora con la ilusión de toparse con la inteligencia y la elegancia narrativas y, sobre todo, sueña inconscientemente con encontrarse una historia y unos personajes inolvidables que lo sobrecojan. “Sońka” ya es UNO de esos libros: novela para mí permanente, imperecedera en mis meandros y recuerdos lectores.
Lo mejor es no contar nada del argumento, ni de la historia para que cualquiera (que me lea y decida hacerme caso en la recomendación) entre en ella lo más virgen posible y se deje avasallar por la incertidumbre de lo que se va a encontrar en el libro. Hablaré entonces de que aquí dentro su autor se vale de lo grotesco (ay, la vida cuando se pone chusca, grosera y violenta), del sarcasmo y el retintín (cómo soportar si no esa intimidación o ese terror de las guerras) y del humor (que parece inapropiado en los lances en los que aparece y, sobre todo, en una historia como la que hay en “Sońka”) con una destreza e inteligencia maravillosas para encarar (y discutir y afrontar) con el lector esos patrones o clichés (y también tópicos) con los que los seres humanos nos enfrentamos a nuestros contextos, a esos tejidos con los que la realidad cose nuestras vestiduras.
Pero la novela es TAMBIÉN (y qué grande esto) una exhibición narrativa gracias a una estructura interna cuando menos insólita (por original), ya que todo el entramado argumental se bifurca entre la novela y su traslación al género dramático o teatral, mientras el lector asiste (entregado y asombrado) a una magia narrativa donde ilusión y realidad se dan la mano sin entorpecerse ni estorbarse nunca. Y así, lenta pero inexorablemente, el lector comienza a percatarse de que el narrador (que cambia de bando -y hasta de identidad- cuando le da la gana) está jugando con él y hasta logra que desconfíe. Y esa desconfianza es necesaria para soportar todo lo que va llegando del argumento y de las vicisitudes de la auténtica protagonista que da nombre a la novela. Porque (y aquí parece estar una de las grandes cuestiones de la novela) ¿necesita la realidad ser ficcionalizada -tener forma imaginaria- como única manera de contar la verdad? Ignacy Karpowicz, el autor, tiene la respuesta muy clara y nos regala de ejemplo su novela “Sońka”. Y la frontera indefinida se difumina en la duda del lector, que se tambalea entre lo que ocurrió realmente y entre la invención de un dramaturgo. Este juego es pura elegancia dentro del libro: es como un vals transitado a tres tiempos. El estilo del autor polaco avanza marcando un pulso constante entre la tensión y el respiro, el compás de la sintaxis (qué prosa, Dios Santo) y la vuelta a los temas con una mirada notablemente diferente a lo que yo como lector estoy habituado.
Y qué protagonista es Sońka, madre mía. Inolvidable personaje. Contundente criatura literaria. Anonadante individuo humano en las páginas. Un milagro literario que en la novela toma vida inmortal y que logra salirse de las páginas para empaparme (a mí como lector y ser humano) de verdades, de dolores, de injusticias. Sońka es la voz del alma y de la sociedad. De esos personajes que dejan de ser un simple nombre en papel para convertirse en un espejo de nuestra existencia, en un molde de origen (también) pues el autor polaco ha puesto, concentrados en Sońka, los problemas, miedos y debates que nos conciernen, nos construyen y, por tanto, más nos importan.
Yo debería callarme ya y me callo. Solo añado que leáis esta novela y juzguéis por vosotros mismos. Y un aviso: esta novela duele y conmociona. Y también provoca y desafía a nuestra manera de ver el mundo. Esta obra no es un sujeto pasivo: es un espejo y un detonador.




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