CONSTANCE DEBRÉ en dos novelas

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“PLAY BOY”, de Constance Debré
AÑO: 2018
PÁGINAS: 154
GÉNERO: novela
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“LOVE ME TENDER”, de Constance Debré
AÑO: 2020
PÁGINAS: 155
GÉNERO: novela
CONSTANCE DEBRÉ:
la literatura de alguien que quemó todos los puentes para poder decir "yo" y luego tuvo que aprender a vivir entre las cenizas.
Dos libros que son solo uno escritos en dos tiempos (al parecer, ambos pertenecen a una trilogía, pero el tercero aún no ha sido traducido en España). “PLAY BOY” es el primer volumen de esa trilogía y funciona como preámbulo del segundo: “LOVE ME TENDER”. No se deberían leer como libros independientes sin perder la lógica (en mi humilde opinión).
El primero (publicado en Francia en 2018) sería la historia de una transformación y cuenta lo que ella misma describe como una conversión agustiniana: a los 43 años abandona matrimonio, carrera de abogada penalista y vida burguesa parisina para volverse lesbiana y escritora. Podríamos decir que es el libro del éxtasis. La autora (siempre lacónica, agresiva y radicalmente veraz) cuestiona género y matrimonio, el egoísmo y el sacrificio, el dinero y la familia. Por momentos, parece una novela eufórica, casi extravagante y desatinada (en el mejor de los sentidos, por supuesto). La frase clave podría ser: “Veo toda su belleza, veo la belleza de las mujeres. Veo mi propio cuerpo, nuevo. Me digo que hay tantas cosas que son posibles”.
En el segundo (publicado en Francia en 2020), nos encontramos la historia de la consecuencia de la transformación que se narra en la novela de 2018. Si “PLAY BOY” es un “me voy”, “LOVE ME TENDER” es un “qué me quitan por irme”. Así, el libro aborda el conflicto entre maternidad, identidad personal y libertad individual a través de una mujer que lucha por mantener el vínculo con su hijo tras perder la custodia. Un libro durísimo, mucho, por la impotencia que se destila detrás de todo lo que muestra.
Pocas veces he leído una autoficción más radical (quizá en Annie Ernaux, sí, ciertamente). No hay personaje, hay un “yo” contundente porque todo es autobiográfico. Lo resumo en una frase: Debré escribe como quien se desnuda en una sala de un tribunal. Ambas novelas no tienen trama (al menos, en sentido tradicional), están estructuradas como viñetas cortas con estilo cortante. La sintaxis se construye a base de cuchilladas: sujeto + verbo + complemento. Sin subordinadas, sin adverbios, sin metáforas (y no las hay porque no hay nada que adornar). Una prosa que no describe, sino que constata. No explica por qué sufre, señala directamente que sufre. No hay interioridad psicológica (aunque el lector la deduzca, por supuesto). Es, definitivamente, una prosa seca que parece un informe judicial. Cada palabra dentro de la frase parece calibrada para sobrevivir ante ese mundo hostil que se le ha puesto en contra a la autora por haber tomado decisiones fuera de los cánones preestablecidos. La libertad tiene su castigo y la prosa de Debré recoge ese castigo y lo muestra sin analizar (ella misma dijo: “La libertad, para quienes se atreven a buscarla, rara vez es cómoda, y siempre, siempre, tiene un costo”. Pero esta prosa hace que sea el lector quien deduzca, quien se enfade, quien sienta la impotencia.
La escritora francesa aborda sin complejo alguno temas como el sexo (que no es erotismo, sino verdad: por eso describe a sus primeras amantes como si sus cuerpos fueran un documento), la libertad a través del costo (su libertad incluye perder la relación con su hijo, atrapado entre un sistema judicial hostil y un ex-marido vengativo) y el autodescubrimiento (se rapa el cabello, se tatúa, reduce su vida a vaqueros, camisetas, chaqueta de cuero. No es estética, es declaración política. Su transformación de mujer acomodada a lesbiana pobre es crónica deliberada. Examina incluso el privilegio inherente en su propia caída social).
Cerré los dos libros (que me leí en dos tardes seguidas -son cortos, no llegan a las 156 páginas) y me quedé pensativo. En ambas novelas todo está en presente, no hay flashbacks nostálgicos ni proyecciones. Es un presente continuo de supervivencia. Y luego está su léxico pobre como ética: es como si la autora después de dejar la abogacía se hubiera desprendido también del lenguaje. No necesita muchas palabras, ni un léxico exquisito o sabroso. Si has renunciado a una clase privilegiada, moralmente debes renunciar también a su vocabulario. Llegué a una conclusión (absolutamente subjetiva, claro está): Debré escribe como una ex abogada que ha decidido no mentir nunca más. Por eso sus dos libros son secos, precisos, sin adornos. Cada frase de esta escritora nos grita: esto pasó, no me pidas que lo embellezca.




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