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“HAMNET” (Reino Unido, 2025), de Chloé Zhao

  • salva-robles
  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura


 

No he leído la novela. Así que no comparo nada. Me limito a comentar lo que me he topado en la sala de cine, una sala de cine que en los títulos de crédito del final estaba llena de personas llorando y sonándose la nariz con pañuelos de papel. Yo no me emocioné hasta el llanto, quizá por esta inoperancia mía (que ya traspasa lo patológico) para llorar. Que me cuesta un mundo (es un imposible) llorar, oigan. No se preocupen, convivo con ello toda la vida.  

Hay tramos hermosísimos en esta película. La pantalla se llena de belleza en varias ocasiones. Y disfruto emocionado (sin llorar) de esa belleza triste y traumática, porque comprendo el dolor que hay detrás de lo que me están contando. El trabajo de dirección es loable: veo a una directora que es artista de la imagen para dotarla de significados (esa pantalla mostrando la verticalidad del bosque, por ejemplo); veo a una directora que sabe dotar de fondo a las formas y que, además, conceden majestuosidad a la concatenación de cadencias poéticas que la imagen nos devuelve a los espectadores. Sí, hay belleza. Tanta hay que, al final, creo que también hay demasiado cálculo detrás y eso consigue, en mi caso, que vea la película con una emoción (sin llanto) fría. Que sí, que disfruto la peli, pero de manera hierática. Y el trabajo loable de la directora acaba resultándome demasiado académico y, por tanto, la belleza se me transmuta en diseño precocinado; un trabajo bello, pero no hermoso del todo. Y tan frío, que el hielo que comienzo a sentir en el tramo final de la película me imposibilita emocionarme (aunque no llore nunca) como las imágenes me están susurrando, de manera imperativa, todo el rato que haga. La belleza debe ser más espontánea. Así que cuando el manejo de un artista prioriza la técnica sobre la espontaneidad, lo genuino y el subconsciente acaban percatándose de la mentira, del disimulo. En “HAMNET” acaba ganando la técnica por acumulación, que es muy buena, sí, pero sin magia.

Es discutible también el tramo final, aunque tampoco deja de ser bella esa idea de que el arte puede exorcizarnos (de hecho, yo creo firmemente en esa idea). Y vuelven a salir las escenas potentes que juegan a la mise en abyme (la ficción dentro de la ficción) para poner en cuestión la vida misma y la representación artística. El propio Shakespeare jugó a esto en su “HAMLET” y que en la película de Zhao se toma como referente directo para “justificar” el estado emocional de un padre/artista que se refugia en el arte para desahogar sus traumas. Digo que esta parte hermosa es discutible porque me choca la confrontación, en esas escenas finales, entre la madre y lo que ocurre encima del escenario. Entiendo las intenciones del guion, pero vuelvo a percibir que me quedo frío pues veo impostada la reacción del personaje femenino. Y la percibo así porque la película me la narra con trucos y si los trucos se perciben, pues no, la cosa no acaba de funcionar como debiera. Aunque las intenciones sean tan loables y de verdad que lo son.

Buenas interpretaciones de todo el elenco (incluido los niños). Enorme Jessie Buckley durante toda la película (¿le darán el oscar?, yo tengo otras favoritas antes que ella)  y enorme Paul Mescal en cada una de sus apariciones (la inmortal escena del “ser o no ser” está resuelta con brillantez y él está soberbio en ella).

En definitiva, una película buena. De notable. Una película que podría haber sido mejor, sinceramente, si las cabezas de cada uno de los artistas que hay dentro de ella, no hubieran tenido la idea esa tan narcisista de la cantidad de premios posibles que iban a ganar gracias a ella. Es una sensación que tengo e igual es un prejuicio, pero…

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