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“MARTY SUPREME” (EE.UU., 2025), de Joshua Safdie

  • salva-robles
  • hace 9 horas
  • 3 Min. de lectura

 

Una pelota de ping pong no pesa nada y está totalmente hueca por dentro, ¿verdad? Pues así acaba siendo esta película: algo fatuo, pero que está haciendo mucho ruido en el espectáculo anual de los grandes premios. Otra muestra más de ese cine estadounidense que te da gato por liebre, que te regala un gran envoltorio para, al final, hablar de lo de siempre (un millón de veces) y sin profundidad alguna: la redención gracias al gran sueño americano y la familia como estandarte de tu amparo. Da igual que seas un sinvergüenza, aquí lo disfrazamos de pillo (a la manera de la literatura picaresca, pero sin la crítica feroz e irónica de esa literatura), le ponemos unas cuantas escenas que lo vapuleen los de arriba para que nos dé lástima (ay, esa escena absolutamente infantil donde le dan raquetazos en el culo: sentí bochorno absoluto), le hacemos ganar un partido a los malos y lo colocamos en la escena final llorando emocionado por algo familiar (perdonen los spoilers, pero solo los cuento a medias, conste), y ya tenemos al GRAN HÉROE AMERICANO por antonomasia. Estoy absolutamente seguro de que el señor Trump aplaude esta peli y hasta se sentirá identificado con el protagonista.

A ver, la película me estaba gustando (lo reconozco) durante su primera hora y cuarto. Buen cine de pillos, buen ritmo alocado con tono de comedia satírica, cierta crítica detrás (no muy profunda, no sea que el analfabeto funcional de turno que vaya a verla no se entere de nada) y un diseño de producción espectacular: en la película se ha invertido dinero y se le nota para bien en este sentido. Quizá a ese ritmo frenético con el que se narra esa parte le sobra el exceso de una música demasiado estridente. Pero, por lo demás, hay en esta parte buen cine visualmente hablando (con guion convencional, eso sí). Pero al director y a los guionistas (el mismo director y otro) se les ha olvidado algo importante para que la película me cale y me deje huella: el propio ritmo impreso a la historia mata la deliberación, la observación analítica de la sociedad que cree describir y la prudencia, que a veces nos dejaría ver algo más allá de lo fastuoso.

Y luego llegan los últimos 50 minutos de la peli. Ay, Dios, me lo temía. Y empiezan los descalabros que tanto me han cabreado. Es que la cosa se convierte otra vez en lo de siempre: en un producto comercial que no se corta en dinamitar los buenos intentos de la primera parte para acabar subrayando estructuras ya probadas tantas veces para asegurarse el éxito en las taquillas y en los premios. Y no solo esto, es que, además, los mensajes subterráneos que promueve esta parte final considero que son muy peligrosos en un mundo tan desvariado como el de hoy: hay que redimir al sinvergüenza sea como sea. Da igual que sea un ladrón, un misógino, un trepa y muchas otras cosas (que incluso causan muertes, por cierto, con sus maneras de proceder). Ese sinvergüenza tiene un talento y vamos a explotarlo para redimirlo y convertirlo en ese héroe que tanto necesitamos. Da igual que se haga con trucos, lo que importa es idealizar y convertir al caballero en fuente de valores y base de la sociedad feliz que perseguimos. Pues muy bien: yo me cabreo con esto y salgo de la sala de cine indignado. Un cabreo y una indignación, conste, que he aprendido a sostenerlos con una sonrisa, porque a mí estas películas multinominadas y premiadas ya me causan risa, finalmente. Aunque parezca contradictorio. Me acordé, no sé por qué, saliendo del cine, de nuestro Lazarillo de Tormes. Un personaje de ficción (con mucha realidad dentro) que tiene cosas del personaje real de la película (y que el guion ha alterado para reconvertirlo en superhéroe). Pero, a nuestro Lázaro, la vida (que parece sonreírle al final de la novela) le está dando zarpazos repletos de ironía y su final es la gran pulla de la literatura española. En “MARTY SUPREME” esa inteligentísima ironía no la veo por ningún sitio, finalmente. Y podría haber sido una película muy buena, conste. Había trazas para ello y el personaje central se prestaba a ser convertido en algo más profundo.

Posdata: que sí, que Chalamet tiene trazas de convertirse en un gran actor. No está mal en esta peli, aunque a veces le afloren ciertos histrionismos que me molestan bastante. Y le darán el oscar esta vez, seguro. Pero, creo que todavía le queda camino que recorrer para ser un grande. En ello está, y yo que me alegro.  

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