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“MASPALOMAS” (España, 2025), de Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi

  • salva-robles
  • hace 3 horas
  • 2 Min. de lectura

 

No sé dónde está el techo de estos directores. Película a película, nos regalan hermosas obras artísticas que, con temáticas variadas tratadas siempre con profundidad y mucho tacto, excavan (siempre arriesgándose mucho) en críticas políticas y sociales y, sobre todo, en las emociones del ser humano. El resultado siempre son películas plagadas de sutilezas que se sostienen en la pantalla gracias a la elegancia y finura con las que los temas son presentados.

En “MASPALOMAS” nos encontramos una película que empieza muy alto y luego no hace más que crecer en la cantidad de temas que toca. El espectador entregado ingresa en un tsunami de emociones desde el principio y acaba anegado en sentimientos de empatía, de rabia, de impotencia y de agradecimiento porque se ha topado con una obra que es un relato imperioso (no exento de una crudeza demoledora) sobre la homosexualidad en la vejez, sobre libertades y emancipación (pero también de sus contrarios: esclavitudes y sometimientos) y que acaba siendo el conmovedor retrato de un ser humano atrapado en el miedo hacia una sociedad que no acaba de dejarnos libres a ninguno de nosotros.

La película no se corta jamás en tomar caminos complicados, en describirlos con agudeza y permeabilidad, mientras utiliza una extraordinaria mezcla de ironía, comedia y melodrama para acercarnos los temas y presentarlos siempre desde la comprensión y desde la crítica sutil (a muchos temas que están de plena actualidad) con una narrativa visual preciosa y cuidadísima, que nos acaba regalando una película absolutamente respetuosa, tan empática como honesta y valiente. ¿Cuántas películas hay sobre el sexo (con sus deseos innumerables) y la homosexualidad en la tercera edad? Pocas, muy pocas.

La inteligencia de “MASPALOMAS” está también en cómo quiere ser (y lo consigue) una obra sobria, ponderada y contenida y, sin embargo, las emociones estallan cada dos por tres dentro de ella en un continuo in crescendo de las agitaciones internas de los personajes que acaban salpicando al espectador. El guion es una obra de arquitectura perfecta, cuya inteligencia mayor es mostrar sin juzgar a sus personajes para terminar siendo una radiografía sobre la dignidad que se merece cualquier ser humano cuando logra aquello que anhela y necesita porque lo quiere de verdad y de corazón. Y porque la diversidad sexual es un derecho y porque sigue siendo increíble que en pleno siglo XXI se tenga que seguir luchando contra la violencia, la estigmatización y los prejuicios.

Y la película alcanza la perfección gracias también a un asombroso grupo de actores, con José Ramón Soroiz a la cabeza (que se merece el Goya rotundamente) interpretando al protagonista, un personaje complicado (y sublime) que desde los primeros planos continuos tiene que mostrar la intimidad de unas emociones incómodas, de unos sentimientos subterráneos y de una rabia y un miedo contenidos. El actor nos ha entregado uno de esos personajes incontestables y tan hermosos, que será recordado para siempre. Soroiz lo dota de tanta humanidad y de tanta verdad que la pantalla muestra (y nos regala) un milagro.

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