"LOS PÁJAROS", de Tarjei Vesaas
- salva-robles
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“LOS PÁJAROS”, de Tarjei Vesaas
AÑO: 1957
PÁGINAS: 289
GÉNERO: novela
Una novela sencilla por fuera que por dentro se llena de complejidades. La sencillez es deliberada: el autor escribe tal y como vería el mundo su protagonista (Mattis): en noruego lo llamarían “un tulling” (el tonto del pueblo). En realidad, un inocente de 37 años con mente infantil. No es tonto por falta de inteligencia, lo es porque su inteligencia no es utilitaria. Un personaje que vive en un estado de percepción simbólica constante: todo es una señal para él. Es un personaje liminal: está en el borde entre la naturaleza y la cultura, entre la infancia y la adultez, entre lo humano y lo animal. Y es desde ese personaje desde donde la novela comienza a abrir sus capas internas y sus complejidades.
Luego hay otro personaje importante: Hege, la hermana de Mattis, que funciona como el otro polo de la novela. El amor que siente por su hermano es su propia cárcel. La relación entre ambos es un espejo de las dinámicas familiares universales donde devoción y obligación se entrelazan. Ella quiere que su hermano sea normal, pero también lo necesita dependiente para dar sentido a su propia soledad. Su resignación, hecha de silencios, es tan desgarradora como la inocencia de él.
Ambos personajes son dos entes de ficción memorables e inolvidables. Y por culpa de ellos, “LOS PÁJAROS” me ha emocionado mucho. Muchísimo. Y me emocioné cuando comencé a entender (y luego, después de la lectura mientras la pensaba incansablemente durante días) que todos hemos sido alguna vez tanto Mattis como Hege:
· El hermano no es un “caso clínico”. Es esa parte nuestra que alguna vez sintió que decía una frase normal y sonaba falsa; que alguna vez sintió que todos entendían un código social que tú no; que alguna vez sintió que veía señales en todo y sabía que nadie más las veía. Así, Vesaas no escribe sobre la discapacidad intelectual. Escribe sobre la soledad de tener un mundo interior rico y no tener lenguaje para compartirlo. Y esto nos ha pasado a todos a los 15 años.
· La hermana es el verdadero centro moral de la novela. Si su hermano simboliza la inocencia que no puede sobrevivir, Hege es símbolo de la renuncia que permite que el mundo siga girando. El autor no la escribe como “la buena hermana”, sino como una mártir sin altar. Lo más brutal de este personaje es que no se siente una santa. Se siente culpable por lo contrario. Hay dos culpas que la destrozan y que Vesaas solo sugiere (magistralmente) a través de los silencios: culpa por querer irse, culpa por necesitar al hermano (ella sin Mattis no tendría identidad, sería una mujer vacía). Así que su renuncia también es un refugio. Esta ambivalencia es la que la hace tan humana y tan contemporánea. No es la hermana abnegada del siglo XIX. Es la cuidadora quemada del siglo XXI.
En “LOS PÁJAROS” nada es decorado. Vesaas trabaja con una prosa limpia y simbólica y donde cada elemento natural es un estado mental. La novela entera es un sistema de símbolos: la becada (ave migratoria), el lago, el bosque, los jerséis que teje la hermana, la casa de ambos…, que mejor no decir qué significan para que cada lector haga su propia lectura. Esa prosa tan falsamente fácil (y digo lo de falsa porque, en realidad, es de una complejidad enorme y muy difícil de escribir) se llena de mesura radical: es estética de lo no dicho. Versaas no psicologiza, muestra. Con doble foco: objetivo por fuera, lírico por dentro. Una genialidad técnica que el autor alterna sin avisar a través de dos registros: la tercera persona objetiva (casi una cámara) y la perspectiva introspectiva de Mattis, que es inmediata y poética. De repente, estamos dentro de su cabeza y ahí la prosa se vuelve onírica, con una fuerte dimensión simbólica.
Aunque suceden cosas, la considero una novela de poca acción. Es una novela de presentimiento donde la naturaleza es el espejo del alma humana. Todo está impregnado de esa atmósfera nórdica: la soledad, la incomunicación. El lago, el bosque, la lluvia, no son decorado. Son estados mentales. La prosa de Vesaas es parca pero cargada de significado, y el paisaje noruego refleja el aislamiento emocional.
Me ha encantado leerla y sentir que su autor no me manipulaba. He entendido que, en realidad, es una novela sobre el lenguaje cuando falla, sobre lo que pasa cuando tienes un mundo entero dentro y solo tienes dos frases prestadas para sacarlo fuera. Mattis no tiene lenguaje, pero tiene mundo. Y este es el drama central de la novela. Versaas nos muestra algo terrible: puedes tener una vida interior riquísima y ser analfabeto emocionalmente para el mundo. Mattis no es tonto porque no piense. Es tonto porque no puede traducir lo que piensa. He investigado y he leído por ahí que Versaas escribía en nynorsk, la lengua del campo, no en bokmål, la lengua de la ciudad y del poder. Elegir esa lengua para escribir en 1957 fue un acto lingüístico de valentía: era decir que hay otra forma de nombrar al mundo, más concreta, menos abstracta, en una lengua pegada a la tierra que se expresaba de manera más sencilla.
Cerré el libro y lo primero que me pregunté fue que cuántas veces yo también he sido Mattis: teniendo algo enorme dentro y solo pudiendo decir “qué buen día hace hoy”, esperando que alguien a mi alrededor entendiera todo lo demás. Hay libros que duelen, y este a mí me dolió mucho.




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