“SALIR A ROBAR CABALLOS”, de Per Petterson
- salva-robles
- hace 4 días
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“SALIR A ROBAR CABALLOS”, de Per Petterson
AÑO: 2003
PÁGINAS: 272
GÉNERO: novela
Hay en el estilo narrativo de Petterson cierto minimalismo con tono lírico que me atrapa desde que abro sus libros. Este es el tercero suyo que me he leído en poco tiempo. Y en los tres he percibido una prosa sencilla, aunque tremendamente sugestiva y repleta de insinuaciones que me calan como lector en lo personal: sin haber vivido nada que tenga que ver con los personajes, me siento interpelado todo el rato pues hay en mí emociones y sentimientos y hasta modos de vida que veo reflejados en las páginas.
En “SALIR A ROBAR CABALLOS” nos topamos con temas universales que Petterson individualiza de manera muy sugerente (su literatura es luminosa y profunda). La voz que nos narra esta novela se acerca con franqueza y autenticidad a las experiencias humanas con una sinceridad, no exenta de crudeza, que me emociona como lector. Así, la pérdida de la inocencia, la compleja relación padre-hijo y el peso que tiene siempre el pasado en nuestro presente (la narración salta entre dos líneas temporales) son temas que se tratan en esta obra con una prosa dedicada a transferir mucho con pocas palabras. Menos es más. Pero la lírica estalla en cada página y de ahí surgen también las emociones evocadoras que suscitan las experiencias y los descubrimientos personales.
La novela parece susurrarnos todo el rato que el pasado es siempre una heredad extraña y desapacible. Su personaje central (ese hombre de 67 años que se ha ido a vivir al bosque buscando una vida tranquila tras sobrevivir a una experiencia personal dura que lo ha dejado cargado de heridas) regresa con sus recuerdos a su último año de adolescente y, más en concreto, a un verano de 1948 que fue donde su vida se resquebrajó por vez primera a raíz de algo que descubre. Hay partes de ese verano descrito que son pura literatura, sobre todo cuando describe la vida laboral cotidiana de los trabajadores en el campo y que se solapa con los trabajos que el protagonista hace en el presente mientras arregla su nueva casa. Todo se narra de una manera vibrante, ensoñadora y muy realista al mismo tiempo. Me han fascinado las páginas dedicadas a relatar cómo los troncos de árboles talados son enviados río abajo (pasado del protagonista) o la tala del abedul (en el presente). Son páginas magistrales de sinuosa belleza. La naturaleza vs. la civilización urbana como metáfora del mundo interior del personaje. Y Petterson nos regala en estas páginas un hermoso despliegue de sintaxis contenida y aquietado lirismo que indagan en nuestro más profundo yo de una manera sutil y que llena el relato de preguntas e ideas que hablan de nuestras esencias como seres humanos.
Pero si me gusta cómo nos lo cuenta, aún me gustan más los personajes que me encuentro dentro de la novela. Personajes tan knausgårdianos, es decir, tan honestos en sus vulnerabilidades y que viven vidas cotidianas convertidas en material de profunda observación analítica y psicológica. Uno va avanzando en la lectura y percibe cierto enfoque romántico muy existencialista, pues las páginas acaban anegadas de cuadros cotidianos en los que los personajes son radiografiados en sus mundanas circunstancias. Y mientras eso sucede, la prosa de Petterson encuentra una verdad emocional que se transmuta en narrativa hipnótica que me salpica como lector entregado.




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