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“SUPONGAMOS QUE NUEVA YORK ES UNA CIUDAD”



(miniserie documental, 7 episodios)


Lo mejor de esta propuesta televisiva es poder oír el torrente verborreico y lenguaraz de madame Lebowitz. Y si, encima, la vemos caminar por varios rincones de Nueva York enseñándonos aspectos de la metrópoli pocas veces vistos o sólo intuidos, el deleite está asegurado para los que amamos esta ciudad. Y, además, no paras de reírte con sus ocurrencias, sus maldades juiciosas y un humor que traspasa lo inteligente. De paso, asistimos a un recorrido vital de una persona adherida a una ciudad que consigue que las manías y obsesiones de Lebowitz borboteen en perpetuo estado de gracia.

Martin Scorsese, que dirige todos los episodios, logra retratar una intimidad precisa y preciosa: la que se percibe que hay entre él y su amiga. Los ves a una hablando y al otro carcajeándose a mandíbula batiente y lo que se capta es una amistad y el estupendo homenaje que el director le hace a esa relación duradera. Con una cámara que nos regala todo el rato exquisita elegancia.

Lebowitz es una brillante observadora, es lúcida y obsesiva (quién no lo es, pero en su caso hay una consciencia divertidísima) y la serie nos regala una crónica de un modo de supervivencia y de unas épocas vitales (la protagonista también hace un recorrido que abarca varios momentos y circunstancias tanto históricas como personales) que en sus palabras se convierten en míticas y envidiables o en un estupendo documento histórico.

Yo quiero una Fran Lebowitz en mi vida. La adoraría como Martin Scorsese la reverencia a ella. Qué bien me lo he pasado y qué a gusto se queda uno cuando se encuentra estos regalos frente a la pantalla. Bravo.

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