“VALOR SENTIMENTAL (SENTIMENTAL VALUE)” (Noruega, 2025), de Joachim Trier
- salva-robles
- 6 dic 2025
- 2 Min. de lectura

La película arranca con una especie de prólogo en la que una voz en off nos cuenta la historia de una casa (habitáculo que va a ser metáfora de tantas cosas). Poco después, la hija/hermana protagonista del filme sufre un ataque de pánico antes de salir al escenario de un teatro. Ambas situaciones colocan al espectador en el tono, en las intenciones y en los meandros psicológicos que van a estallar durante las dos horas y cuarto que dura el metraje. Ambas escenas/secuencias están presentadas con una belleza descomunal. Pero para lograrla no necesita el director (que aquí nos regala su mejor película hasta la fecha) de grandes alardes ni de triquiñuelas manipulativas: su cámara, con una claridad y sencillez pasmosas, crea emociones y poesía en una pantalla que bucea en las estampidas exaltadas de nuestros meandros mentales y devenires sentimentales. Cabeza y corazón debatiéndose en un duelo en el que los afectos de los personajes se erigen en auténticos protagonistas.
Es “SENTIMENTAL VALUE” una obra gigante, hermosa en resultados, deslumbrante en eso de radiografiar las relaciones familiares como presidios emocionales. Los personajes (un padre ególatra que ha estado demasiado tiempo ausente, dos hijas que lidian sus propias batallas por esa ausencia y una actriz que desea demostrar algo más que ser una estrella banalizada por el sistema -Netflix no sale muy bien parada, por cierto-) pululan por la película revelando silencios que hablan más que las palabras. El guion, filigrana pura con profundidad a raudales, es la conmovedora radiografía de seres humanos de carne y hueso dibujados con una honestidad que desarma al espectador y lo noquea. Hay veracidad en las hondonadas por las que penetra una cámara siempre dispuesta a la franqueza cuando habla de parálisis psicológicas (esas que nos ahogan en amarguras y vergüenzas internas) y, por ello mismo, el resultado final es una película de esas cuya potencialidad estriba en cómo logran que los que vamos al cine nos sintamos intuidos y abrazados.
La sombra de Ingmar Bergman es alargada dentro de la película de Trier, una sombra intencionada, locuaz y pertinente, lo que no quiere decir que haya imitación iterativa o falaz. El director de “LA PEOR PERSONA DEL MUNDO” maneja las sutilezas con desenvoltura a la hora de moverse por los terrenos del director sueco y nos regala una película tan rica como personal y conmovedora. Así, el último acto (que es, además, un hermoso canto al cine dentro del cine, tan metanarrativo como sugestivo) se transmuta en la pantalla en un retumbo de ternura, aunque esté hablando de heridas, dolores mentales, de soledad o de familias rotas.
La película es aún más gigante gracias al trabajo actoral de todo el elenco. Está imperial el cuarteto de intérpretes. Nos regalan trabajos de esos que deberían llevarse todos los premios del mundo. Nos entregan momentos estelares o planos que son filigrana pura en eso de mostrar el alma humana a través de miradas, pequeños gestos faciales o posturas corporales que en la pantalla producen bombazos de exaltada emoción.
El resultado final: una oda sobre la vida y el arte que es purísima fragilidad contenida. Y para mí, sin duda alguna, la película del año.
CALIFICACIÓN: 10




Comentarios